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martes, 5 de marzo de 2019

¿POR QUÉ REZAR EL VÍA CRUCIS?

¿POR QUÉ REZAR EL VÍA CRUCIS?


Vía Crucis es un término latino que en español significa Camino de la Cruz. Se refiere al camino que recorrió nuestro Señor Jesucristo, cargado con la Cruz desde el Pretorio de Pilato hasta el monte Calvario y en éste, desde que fue clavado en el patíbulo hasta ser colocado en el sepulcro. Consta de catorce escenas “pasos” o episodios que reciben el nombre de estaciones, por constituir momentos de parada o descanso.

Según una tradición documentada en el siglo V, se nos presenta la Santísima Virgen recorriendo cada día los sitios donde su Divino Hijo había sufrido y derramado su sangre; en los lugares señalados se detenía, evocaba a la vez el recuerdo dulce y amargo, besaba el suelo y oraba.

El origen del Via Crucis se remonta a Jerusalén como consecuencia natural e inmediata de la Pasión de Cristo. Ciertos lugares de la Vía Dolorosa (aunque no se llamó así antes del siglo XVI) fueron reverentemente marcados desde los primeros siglos de la era cristiana. El Camino de la Cruz se convirtió en la meta de numerosos peregrinos, que acudían a vivir en primera persona la meditación bíblica, mientras recorrían los verdaderos escenarios de la Pasión del Señor.

Hasta el siglo X no se suele indicar división en estaciones y hasta el siglo XIII no se determina el recorrido exacto por el que caminó por las calles de la ciudad llevando la Cruz. En los siglos XII y XIII comienza a hablarse de escenas o estaciones. Varios autores (Riccoldo, Sanuto, Pipin, etc.) proponen algunas de ellas. Las primeras que toman cuerpo son las del Pretorio o Eccehomo, el consuelo de las mujeres piadosas o Nolite flere, el encuentro con su Madre o Pasmo de la Virgen y la del Cirineo. Algunos sustituyen el encuentro con la Virgen por un episodio donde Jesús descansó, correspondiente a alguna de las tres caídas.

Juan Palomer (1422) cita cinco estaciones, que nombra en sentido inverso, desde el Calvario a la casa de Pilato: un descanso del Señor al pie de cerro, el Cirineo, el encuentro con las mujeres piadosas, el encuentro con la Virgen y el Pretorio. Pocos años después Jacobo de Verona y Jorge de Nuremberg añaden el episodio de la Verónica. A mediados del siglo XV las paradas del recorrido de los peregrinos son ya catorce y se empieza a llamarlas estaciones.

Felix Fabri añade en 1480 el episodio de la puerta judiciaria (la segunda caída), y divide el lugar del Calvario, considerado en conjunto hasta ese momento, en las cinco últimas estaciones, cada una con su propio lugar de oración y diferenciada de las demás (desnudado, clavado, levantada la cruz, el desconsuelo de la Virgen y el Santo Sepulcro).

Pero no todos los creyentes podían ir a Jerusalén a seguir los pasos de la Pasión de Cristo in situ. Esta tradición, que comenzó a extenderse en el siglo IV, en la época del emperador Constantino, encontró pronto algunos problemas prácticos: El primero, las serias dificultades que la distancia y las difíciles comunicaciones ponían a los peregrinos; el segundo, las invasiones musulmanas que dominaron esta tierra.

Por tal motivo, a partir del siglo VII, se pasó a establecer las estaciones para el Vía Crucis en diversos santuarios de Europa y, más tarde, en determinados lugares de cada diócesis particular, con el objetivo de acercar más este ejercicio de piedad al pueblo cristiano. Desde el siglo XII los pelegrinos escriben sobre la “Vía Sacra”, como una ruta por la que pasaban recordando la Pasión.

No sabemos cuándo surgieron las Estaciones según las conocemos hoy, ni cuándo se les comenzó a conceder indulgencias pero probablemente fueron los Franciscanos los primeros en establecer el Vía Crucis ya que a ellos se les concedió en 1342 la custodia de los lugares más preciados de Tierra Santa.

Tampoco está claro en qué dirección se recorrían ya que, según parece, hasta el siglo XV muchos lo hacían comenzando en el Monte Calvario y retrocediendo hasta la casa de Pilato.


Lo que más popularizó el Vía Crucis fuera de Jerusalén fue la peregrinación de Martín Ketzel, a finales del siglo XV. Quedó tan impresionado que a su regresó encargó al escultor Adam Kraft siete grandes monumentos que reprodujeran siete monumentos del Vía Crucis: encuentro con María, el Cirineo, el encuentro con las mujeres piadosas, la Verónica, una caída de Jesús extenuado, la Crucifixión, el Descendimiento y Jesús difunto en los brazos de su Madre. Estas esculturas, llamadas popularmente caídas se hicieron enormemente famosas y fueron copiadas en muchas ciudades europeas. Al principio no se colocaban en los templo sino en la vías y lugares públicos.

En el siglo XV y XVI se erigieron Estaciones en diferentes partes de Europa. El Beato Álvarez (m. 1420), que en su regreso de Tierra Santa, construyó una serie de pequeñas capillas en el convento dominico de Córdoba en las que se pintaron las principales escenas de la Pasión en forma de estaciones. Por la misma época, la Beata Eustochia, clarisa, construyó Estaciones similares en su convento en Messina. Sin embargo, la primera vez que se conoce el uso de la palabra “Estaciones” siendo utilizada en el sentido actual del Vía Crucis se encuentra en la narración del peregrino inglés Guillermo Wey sobre sus visitas a la Tierra Santa en 1458 y en 1462. Wey ya menciona catorce estaciones, pero cinco de ellas corresponden a las que se usan hoy día, mientras que siete sólo remotamente se refieren a la Pasión.

Las Estaciones tal como las conocemos hoy fueron aparentemente influenciadas por el libro “Jerusalén sicut Christi tempore floruit” escrito por un tal Adrichomius en 1584. En este libro el Vía Crucis tiene doce estaciones y éstas corresponden exactamente a nuestras primeras doce.

Comprendiendo la dificultad de peregrinar a la Tierra Santa, el papa Inocencio XI en 1686 concedió a los franciscanos el derecho de erigir Estaciones en sus iglesias y declaró que todas las indulgencias anteriormente obtenidas por devotamente visitar los lugares de la Pasión del Señor en Tierra Santa las podían en adelante ganar los franciscanos y otros afiliados a la orden haciendo las Estaciones de la Cruz en sus propias iglesias según la forma acostumbrada. Inocente XII confirmó este privilegio en 1694 y Benedicto XIII en 1726 lo extendió a todos los fieles. En 1731 Clemente XII lo extendió aún más permitiendo las indulgencias en todas las iglesias siempre que las Estaciones fueran erigidas por un padre franciscano con la sanción del ordinario (obispo local). Al mismo tiempo definitivamente fijó en catorce el número de Estaciones. Benedicto XIV en 1742 exhortó a todos los sacerdotes a enriquecer sus iglesias con el rico tesoro de las Estaciones de la Cruz.

En 1857 los obispos de Inglaterra recibieron facultades de la Santa Sede para erigir ellos mismos las Estaciones con indulgencias cuando no hubiesen franciscanos. En 1862 se quitó esta última restricción y los obispos obtuvieron permiso para erigir las Estaciones ya sea personalmente o por delegación siempre que fuese dentro de su diócesis.

En 1991 el Papa Juan Pablo II creó un nuevo Viacrucis para el Viacrucis en el Coliseo de Roma en la tarde del Viernes Santo y lo dio a conocer a todo el mundo por medio de la televisión. Este Viacrucis se caracterizó por contar con estaciones que estaban basadas todas ellas en momentos del Nuevo Testamento. Junto a las estaciones que tienen base en los relatos evangélicos, surgieron otras que no se deducen directamente de la Sagrada Escritura (como, por ejemplo, el episodio de la Verónica limpiando el rostro de Jesús, o el del encuentro de Jesús con María, su madre, camino del Calvario). La reforma litúrgica, promovida por el Concilio Vaticano II, indicaba que todas las expresiones de oración se basen en la Sagrada Escritura. Por eso Juan Pablo II en este "Via Crucis" utilizó un formulario en el que todas las estaciones tienen un fundamento evangélico y sus episodios están recogidos por alguno de los cuatro evangelistas. Era además un intento de acercar ecuménicamente a todas las confesiones cristianas.

Este nuevo viacrucis comienza con la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní y finaliza con la Resurrección de Cristo, llegando a ser 15 Estaciones:

-Primera Estación: Jesús en el huerto de los Olivos.
-Segunda Estación: Jesús, traicionado por Judas, es arrestado.
-Tercera Estación: Jesús es condenado por el Sanedrín.
-Cuarta Estación: Jesús es negado por Pedro.
-Quinta Estación: Jesús carga la cruz.
-Octava Estación: Jesús es ayudado por Simón el Cirineo a llevar la cruz.
-Novena Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
-Décima Estación: Jesús es crucificado.
-Undécima Estación: Jesús promete su reino al buen ladrón.
-Duodécima Estación: Jesús en cruz, su madre y el discípulo.
-Decimotercera Estación: Jesús muere en la cruz.
-Decimocuarta Estación: Jesús es sepultado.
-Decimoquinta Estación: Jesús resucita.
8 DE MARZO INICIO DE LAS PEREGRINACIONES A OBRAJES

8 DE MARZO INICIO DE LAS PEREGRINACIONES A OBRAJES

Pedro Fuentes Párroco del Señor de la Exaltación de Obrajes, señala que las peregrinaciones de madrugada a ésta Parroquia data :de varias décadas casi ya se ha hecho parte de la Cuaresma en la Arquidiócesis de La Paz.

"Recibimos a los peregrinos durante los seis viernes de la cuaresma, y es toda la comunidad que se implica en ellos desde los Padres Pasionistas y los grupos de la parroquia nos organizamos para acoger a los peregrinos".

Por lo general los peregrinos parten a la medianoche desde diferentes partes de la ciudad y dependiendo las distancias y durante toda la madrugada para llegar a Obrajes.

El templo se abre prácticamente desde las dos de la mañana con celebraciones y liturgias de la palabra y a partir de las cinco de la mañana inician las eucaristías.

"Es de desear que nuestras Parroquias unidas en Vicarias puedan además aprovechar esta oportunidad para poder acompañar este es un tiempo de reflexión y preparación para las celebraciones de la semana santa y sobre todo para que renovar nuestra fe, las peregrinaciones de cada viernes tienen un sentido que debemos orientar a comprender en especial a los jóvenes que son los que más participan de esto". Pedro Fuentes Párroco

PEREGRINOS A OBRAJES

El camino cuaresmal de hecho es una peregrinación interior hacia Dios en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza y pequeñez, y nos sostiene en la esperanza de llegar a la celebración de la Pascua y de llegar un día a la Pascua eterna en la Jerusalén celestial. La cuaresma nos ayuda a mantener el sentido peregrinante de la vida, porque en definitiva, la vida humana es como un camino que va del nacimiento a la muerte. Llegamos al mundo como los más necesitados y desvalidos seres de cuantos se afanan por sobrevivir; seres absolutamente contingentes, causados. Es decir, como hombres que caminamos acogidos por unos padres que nos cuidan y acompañan mientras dura el período de crecimiento personal. Al nacer somos una pequeña realidad con la esperanza de que todas nuestras potencialidades se vayan desarrollando a lo largo de la vida; somos una maravilla en potencia, y a la vez somos pura dependencia.
VÍDEO PARA COMPRENDER MEJOR LA CUARESMA

VÍDEO PARA COMPRENDER MEJOR LA CUARESMA


El Pontífice pidió que, para la Cuaresma, haya una "conversión" que "llame a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular a través del ayuno, la oración y la limosna". "Ayunar, es decir, aprender a cambiar nuestra actitud hacia los demás y las criaturas: desde la tentación de 'devorar' todo para saciar nuestra codicia, hacia la capacidad de sufrir por amor, que puede llenar el vacío de nuestro corazón"



MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA 2019

MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA 2019

Unidos a su Santidad y al mundo entero empecemos de la mejor manera este camino de conversión sincera y expectante del cuidado de nuestra casa común.

«La creación, expectante, está aguardando
la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19)

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).

Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.



1. La redención de la creación
La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención.

Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.



2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca.

Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo.

El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.



3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).

Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.

Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.

Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).

Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión.

Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.



Francisco



Vaticano, 4 de octubre de 2018

Fiesta de San Francisco de Asís



(Libreria Editrice Vaticana)

jueves, 14 de febrero de 2019

ORDENACIÓN DIACONAL Y SACERDOTAL

ORDENACIÓN DIACONAL Y SACERDOTAL


Tras un anuncio oficial de nuestro Arzobispo de La Paz Mons. Edmundo Abastoflor juntamente con los Señores Obispos Auxiliares y el clero Diocesano de La Paz.

El Próximo domingo 17  de marzo de 2019 a horas 17:00 En la Catedral de Nuestra Señora de La Paz

El Seminarista Luís Daniel Ríos Figueroa, de La Paz nacido en 28 de febrero de 1989 de la Villa Copacabana "Cuando pensaba que todo podía hacerlo por mi cuenta, sin necesidad de nada... El Señor interrumpió mi vida, Dios me hizo una propuesta, Dios me hizo una invitación... Me invitó a entrar a una casa de formación, a un principio entre sin saber...". Descubrió su llamado el años 2011 su formación la realizó en el Seminario Mayor San Jerónimo.
Realizó su servicio Pastoral en: El templo San Jerónimo de la casa de formación, en la Parroquia Flor del Carmelo,  Inmaculada Concepción del Montículo, actualmente en la Parroquia San Bartolomé de Chulumani y él  recibirá la ordenación Diaconal

El Diácono Mauricio Pozo Videa, nació en La Paz, en 1987. Estudió en el colegio San Ignacio (La Paz) y se graduó en el Colegio Josefina Bálsamo (Santa Cruz) . En 2009 se gradúa como Psicólogo. Después de haber hecho un importante acompañamiento vocacional con los Misioneros Identes, descubrió el llamado a la vida Diocesana ingresando al Seminario San Jerónimo el 2011.
Realizó su servicio Pastoral en la Ciudad del Niño, Parroquia de Pura Pura,  Achocalla, San Jerónimo, Munaypata, Punata (Cochabamba)  y actualmente en Chasquipampa.

Primera Eucaristía en la Parroquia Ascensión del Señor de Chasquipampa a Hrs. 19:00


jueves, 24 de enero de 2019

MENSAJE DEL PAPA POR LA 53 JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES

MENSAJE DEL PAPA POR LA 53 JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES


« “Somos miembros unos de otros” (Ef 4,25).
De las comunidades en las redes sociales a la comunidad humana »


Queridos hermanos y hermanas:

Desde que internet ha estado disponible, la Iglesia siempre ha intentado promover su uso al servicio del encuentro entre las personas y de la solidaridad entre todos. Con este Mensaje, quisiera invitarles una vez más a reflexionar sobre el fundamento y la importancia de nuestro estar-en-relación; y a redescubrir, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad.

Las metáforas de la “red” y de la “comunidad”

El ambiente mediático es hoy tan omnipresente que resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana. La red es un recurso de nuestro tiempo. Constituye una fuente de conocimientos y de relaciones hasta hace poco inimaginable. Sin embargo, a causa de las profundas transformaciones que la tecnología ha impreso en las lógicas de producción, circulación y disfrute de los contenidos, numerosos expertos han subrayado los riesgos que amenazan la búsqueda y la posibilidad de compartir una información auténtica a escala global. Internet representa una posibilidad extraordinaria de acceso al saber; pero también es cierto que se ha manifestado como uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente y planificada de los hechos y de las relaciones interpersonales, que a menudo asumen la forma del descrédito.

Hay que reconocer que, por un lado, las redes sociales sirven para que estemos más en contacto, nos encontremos y ayudemos los unos a los otros; pero por otro, se prestan también a un uso manipulador de los datos personales con la finalidad de obtener ventajas políticas y económicas, sin el respeto debido a la persona y a sus derechos. Entre los más jóvenes, las estadísticas revelan que uno de cada cuatro chicos se ha visto envuelto en episodios de acoso cibernético[1].

Ante la complejidad de este escenario, puede ser útil volver a reflexionar sobre la metáfora de la red que fue propuesta al principio como fundamento de internet, para redescubrir sus potencialidades positivas. La figura de la red nos invita a reflexionar sobre la multiplicidad de recorridos y nudos que aseguran su resistencia sin que haya un centro, una estructura de tipo jerárquico, una organización de tipo vertical. La red funciona gracias a la coparticipación de todos los elementos.

La metáfora de la red, trasladada a la dimensión antropológica, nos recuerda otra figura llena de significados: la comunidad. Cuanto más cohesionada y solidaria es una comunidad, cuanto más está animada por sentimientos de confianza y persigue objetivos compartidos, mayor es su fuerza. La comunidad como red solidaria precisa de la escucha recíproca y del diálogo basado en el uso responsable del lenguaje.

Es evidente que, en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad. En el mejor de los casos, las comunidades de las redes sociales consiguen dar prueba de cohesión y solidaridad; pero a menudo se quedan solamente en agregaciones de individuos que se agrupan en torno a intereses o temas caracterizados por vínculos débiles. Además, la identidad en las redes sociales se basa demasiadas veces en la contraposición frente al otro, frente al que no pertenece al grupo: este se define a partir de lo que divide en lugar de lo que une, dejando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicios (étnicos, sexuales, religiosos y otros). Esta tendencia alimenta grupos que excluyen la heterogeneidad, que favorecen, también en el ambiente digital, un individualismo desenfrenado, terminando a veces por fomentar espirales de odio. Lo que debería ser una ventana abierta al mundo se convierte así en un escaparate en el que exhibir el propio narcisismo.

La red constituye una ocasión para favorecer el encuentro con los demás, pero puede también potenciar nuestro autoaislamiento, como una telaraña que atrapa. Los jóvenes son los más expuestos a la ilusión de pensar que las redes sociales satisfacen completamente en el plano relacional; se llega así al peligroso fenómeno de los jóvenes que se convierten en “ermitaños sociales”, con el consiguiente riesgo de apartarse completamente de la sociedad. Esta dramática dinámica pone de manifiesto un grave desgarro en el tejido relacional de la sociedad, una laceración que no podemos ignorar.

Esta realidad multiforme e insidiosa plantea diversas cuestiones de carácter ético, social, jurídico, político y económico; e interpela también a la Iglesia. Mientras los gobiernos buscan vías de reglamentación legal para salvar la visión original de una red libre, abierta y segura, todos tenemos la posibilidad y la responsabilidad de favorecer su uso positivo.

Está claro que no basta con multiplicar las conexiones para que aumente la comprensión recíproca. ¿Cómo reencontrar la verdadera identidad comunitaria siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos unos con otros también en la red?

“Somos miembros unos de otros”

Se puede esbozar una posible respuesta a partir de una tercera metáfora, la del cuerpo y los miembros, que san Pablo usa para hablar de la relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une. «Por lo tanto, dejaos de mentiras, y hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros» (Ef 4,25). El ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a abandonar la mentira y a decir la verdad: la obligación de custodiar la verdad nace de la exigencia de no desmentir la recíproca relación de comunión. De hecho, la verdad se revela en la comunión. En cambio, la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo; es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrarse a uno mismo.

La metáfora del cuerpo y los miembros nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad, que está fundada en la comunión y la alteridad. Como cristianos, todos nos reconocemos miembros del único cuerpo del que Cristo es la cabeza. Esto nos ayuda a ver a las personas no como competidores potenciales, sino a considerar incluso a los enemigos como personas. Ya no hay necesidad del adversario para autodefinirse, porque la mirada de inclusión que aprendemos de Cristo nos hace descubrir la alteridad de un modo nuevo, como parte integrante y condición de la relación y de la proximidad.

Esta capacidad de comprensión y de comunicación entre las personas humanas tiene su fundamento en la comunión de amor entre las Personas divinas. Dios no es soledad, sino comunión; es amor, y, por ello, comunicación, porque el amor siempre comunica, es más, se comunica a sí mismo para encontrar al otro. Para comunicar con nosotros y para comunicarse a nosotros, Dios se adapta a nuestro lenguaje, estableciendo en la historia un verdadero diálogo con la humanidad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 2).

En virtud de nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunión y comunicación-de-sí, llevamos siempre en el corazón la nostalgia de vivir en comunión, de pertenecer a una comunidad. «Nada es tan específico de nuestra naturaleza –afirma san Basilio– como el entrar en relación unos con otros, el tener necesidad unos de otros»[2].

El contexto actual nos llama a todos a invertir en las relaciones, a afirmar también en la red y mediante la red el carácter interpersonal de nuestra humanidad. Los cristianos estamos llamados con mayor razón, a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes. Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro.

La comunión a imagen de la Trinidad es lo que distingue precisamente la persona del individuo. De la fe en un Dios que es Trinidad se sigue que para ser yo mismo necesito al otro. Soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, solamente si me relaciono con los demás. El término persona, de hecho, denota al ser humano como ‘rostro’ dirigido hacia el otro, que interactúa con los demás. Nuestra vida crece en humanidad al pasar del carácter individual al personal. El auténtico camino de humanización va desde el individuo que percibe al otro como rival, hasta la persona que lo reconoce como compañero de viaje.

Del “like” al “amén”

La imagen del cuerpo y de los miembros nos recuerda que el uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro. Si se usa la red como prolongación o como espera de ese encuentro, entonces no se traiciona a sí misma y sigue siendo un recurso para la comunión. Si una familia usa la red para estar más conectada y luego se encuentra en la mesa y se mira a los ojos, entonces es un recurso. Si una comunidad eclesial coordina sus actividades a través de la red, para luego celebrar la Eucaristía juntos, entonces es un recurso. Si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso.

Podemos pasar así del diagnóstico al tratamiento: abriendo el camino al diálogo, al encuentro, a la sonrisa, a la caricia... Esta es la red que queremos. Una red hecha no para atrapar, sino para liberar, para custodiar una comunión de personas libres. La Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los “like” sino sobre la verdad, sobre el “amén” con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás.

Vaticano, 24 de enero de 2019, fiesta de san Francisco de Sales.

Franciscus

martes, 22 de enero de 2019

SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ

SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ

En 1584 la ciudad de Nuestra Señora de La Paz recibió el obsequio del Rey Felipe II de la efigie de la Nuestra Señora de La Paz. Cuando la Catedral fue concluida, Nuestra Señora estaba situada en el altar mayor y se le rendía culto como Patrona titular de la Diócesis.

Desde el pasado lunes 14 de enero a horas 19:30; los Santuarios Diocesanos de la Arquidiócesis de La Paz vienen animado oraciones en honor a la Patrona Principal de esta Jurisdicción, el rol ha sido el siguiente:
Lunes 14: Jesús del Gran Poder
Martes 15: Señor de la Sentencia
Miércoles 16: Nuestra Señora de Fátima
Jueves 17: Santuario de Uni
Viernes 18: Santuario de Chirca
Sábado 19: Santuario de Shoenstatt
Lunes 21: Santuario de Ocobaya
Martes 22: El Montículo

El programa especial esta previsto para el 
MIÉRCOLES 23 a las 15:00 Concentración en la Catedral y procesión a San Francisco
Eucaristía en la Basílica Menor de San Francisco a Hrs. 16:00 y traslado a la Catedral.

JUEVES 24 DÍA Y SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ
Procesión de la imagen a Hrs. 18:30
Eucaristía Hrs. 19:00