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Cardenal Terrazas inicia la semana santa con la celebración de ramos.

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Por eso se habla de leyes justas, leyes con ética, de actitudes altas y grandes que sirvan para levantar al pueblo y no para hundirlo más. Vamos a aprender también que es muy fácil manipular a las personas, hacer que hagan lo que algunos deciden en silencio o a ocultas. Ahí están los sumos sacerdotes de entonces, ese grupo que le tenía un odio tremendo al Señor. Mientras el Señor hablaba con Pilatos los sacerdotes instruían a la gente para que pida la muerte del Señor. Es una enseñanza para nosotros, no quisiéramos que nuestro pueblo termine la Semana Santa gritando ¡crucifícalo!, sin que pida la paz del Señor. La manipulación de las personas y de los grupos, las consignas y odios que se presentan tienen que ser terminados de raíz. No podemos repetir y no podemos permitir que nuestro pueblo esté pidiendo la muerte de Jesús y la libertad de un delincuente, Barrabás. Así estamos invitados a entrar en Jerusalén, ojalá que no lo olvidemos. Ojalá que demos señales de compromiso por la vida.

 Homilía del Cardenal Julio Terrazas

Domingo de Ramos, 17 de abril de 2011

El Domingo de Ramos se celebra para poder revivir entre nosotros todo lo que el Señor ha hecho para que seamos libres, para que volvamos a ser hijos del mismo Padre. No es la semana un espacio para divertirnos o para renegar las dificultades o problemas que sentimos cada día.

Jesús entra en Jerusalén y toda la Iglesia también lo hace para poder saborear aquellos acontecimientos extraordinarios que Dios Padre ha hecho por nosotros a través de sus hijos.

Estamos invitados a entrar en Jerusalén, la Jerusalén de Dios. De la liberad, de la paz auténtica entre todos. La Jerusalén donde reina el Dios de la vida. Allá nos espera Jesús para volver a recordarnos las formas y maneras que deben tener sus discípulos de trabajar en su causa.

Lo hacemos hoy en unión con toda a Iglesia, de manera especial con el Santo Padre que ayer cumplía 84 años de edad. Él mismo hace poco dio su bendición a Bolivia y me pidió que les expresara su saludo paternal.

Nos unimos a nuestro país a través de los medios de comunicación para llevar el testimonio de este Pueblo de Dios que peregrina en Santa Cruz, testimonio de paz, de verdad, de justicia, de amor a aquellos que sufren para poder salvarles de los lugares de opresión en que se encuentran. Lo hacemos unidos a toda nuestra ciudad azotada por tanta inseguridad, para repetir también con el Señor Gobernador de este departamento que cualquier prueba de esa clase debe despertar la convicción de que unidos todos podemos vencer esos males que están arruinando la vida y el corazón de nuestro pueblo.

Nos unimos de manera especial a quienes andan buscando signos de vida y que utilizan signos de muerte. Las invasiones a algunos terrenos, las muertes en las calles, todo aquello que es violencia se opone al Espíritu del Señor que entra hoy para mostrarnos que nuestra actuación tiene que ser otra.

Por eso es bueno escuchar al profeta Isaías para comprender lo que Dios quiere. El mismo Señor me ha dado una lengua, para que hable palabras que reconforten a los que están abatidos es lo primero que tenemos que dejar que el Señor nos dé una lengua de discípulo, de sembrador de paz, de justicia, de vida en abundancia para todos. Una lengua que nos haga hablar siempre por el bien denunciando o callando como lo hizo el Señor ante los que provocan el mal.

Cada mañana, Él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo, que esta semana dejemos que Él nos dé palabras y abra nuestros oídos, no importa si esto trae como consecuencia el sufrimiento, la maldad, la cárcel, la muerte. Tenemos que ser capaces de actuar como Dios escuchando y dando palabras de esperanza a aquéllos que las necesitan con urgencia.

Tenemos que entrar a la Semana Santa con el mismo Espíritu de Jesucristo. Él que era Dios, dice Pablo, no dudó un solo instante en hacerse uno de nosotros, en hacerse un servidor y Él sufrió todo aquello que el profeta había señalado, lo sufrió en su persona, pero no termina en el fracaso, en la muerte, en el sepulcro. Cristo es resucitado para Gloria del Padre y para el bien de todos nosotros. Ese espíritu tiene que animarnos en esta Semana Santa. Hagamos las cosas de Dios, hagámonos servidores de todos. Que a pesar de las incomprensiones nos espera también la resurrección que Dios le dio a su propio Hijo. Que este Espíritu nos dé meditación para que no sean días de fuga o de mera bulla.

Nuestra Iglesia en Bolivia nos ha dado un material extraordinario para leer, para que sepamos por qué somos cristianos y por qué estamos puestos en esta tierra que Dios nos ha dado. Para despertar nuestra fe en el Señor y potenciar toda la fuerza del Espíritu, a fin de ir sembrando aquello que necesitamos hoy más que nunca en nuestros pueblos, en nuestra sociedad. No lo hacemos con altanería o palabras huecas. Esta carta pastoral tiene que estar al alcance de todos para que allá podamos ir viendo cómo nuestra Iglesia se preocupa y qué significa ser discípulos hoy en nuestra tierra.

Los conflictos aparecen por todos lados, las dificultades de diálogo se multiplican. Parecería que hay como una consigna de acallar la voz y la palabra de Jesús en estos días. Pero yo creo que es importante captar aspectos de la pasión del Señor que hoy hemos escuchado y hemos meditado. Cristo entra a Jerusalén como rey de todo su pueblo, pero va a entrar de una manera extraordinaria, pobre y sencilla, con humildad, sin apariencias externas, sin boatos inútiles, el va a entrar montado en un burrito. La gente sencilla le va a poner sus alfombras o mantos y todos van a tomar ramas de los árboles para aclamarlo diciendo, bendito el que viene en el nombre del Señor. Esto ya es una enseñanza.

Quizá también es algo que está en nuestra carta, hay que mandar sirviendo, hay que ejercer autoridad de cualquier clase que sea buscando ser servidor de todos, de la vedad de la justicia y de la paz para todos. Lo vemos al Señor en todo el recorrido de su pasión, nada de palabras altaneras, nada de defesas inútiles, cumpliendo la voluntad del Padre porque sabía que ese era el precio que el Padre había pedido para que nosotros seamos salvados. Sencillo y humilde, su entrada a Jerusalén no es de aquellas que producen terremotos de venganzas y de odios, producen sensación de que hay algo nuevo, hay conmoción en el pueblo, pero no es de miedo, de aquellos que son perseguidos o que se sienten perseguidos. Ahí está nuestro Señor.

Vamos a dar un paso más en esta reflexión. El juicio al que se somete al Señor es un juicio casi brutal, un juicio que no tiene en cuenta ni las prescripciones ni las normas de ese tiempo, un juicio injusto. No será este también el momento de pensar que podemos erradicar esa clases de juicios que se admiten en nuestro país, a veces por las autoridades competentes, a veces entre grupos y personas que nos estamos humillando. Nuestra carta pastoral da elementos claros para que también la pasión de Cristo, injusta en todo sentido, no se repita entre nosotros.

Por eso se habla de leyes justas, leyes con ética, de actitudes altas y grandes que sirvan para levantar al pueblo y no para hundirlo más. Vamos a aprender también que es muy fácil manipular a las personas, hacer que hagan lo que algunos deciden en silencio o a ocultas. Ahí están los sumos sacerdotes de entonces, ese grupo que le tenía un odio tremendo al Señor. Mientras el Señor hablaba con Pilatos los sacerdotes instruían a la gente para que pida la muerte del Señor. Es una enseñanza para nosotros, no quisiéramos que nuestro pueblo termine la Semana Santa gritando ¡crucifícalo!, sin que pida la paz del Señor. La manipulación de las personas y de los grupos, las consignas y odios que se presentan tienen que ser terminados de raíz. No podemos repetir y no podemos permitir que nuestro pueblo esté pidiendo la muerte de Jesús y la libertad de un delincuente, Barrabás. Así estamos invitados a entrar en Jerusalén, ojalá que no lo olvidemos. Ojalá que demos señales de compromiso por la vida.

La pasión nos lleva inexorablemente a contemplar a Jesús en la cruz y eso nos conmueve, nos conmociona, pero Dios tiene sus planes. La cruz no es el final, es la resurrección. Pero a veces somos capaces de adornar las cruces y olvidamos la vida del Señor que se ofrece a todos.

Que el Dios de la vida nos permita hacer este ingreso a nuestra propia vida, a la vida de nuestra Iglesia y a la vida de nuestra sociedad. Amén.

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