
Muy amados y queridos hermanos y hermanas.
Domingo día del Señor y hoy segundo Domingo de cuaresma; estamos tratando de cumplir lo que hemos dicho el miércoles de ceniza, día con el que iniciamos nuestro caminar hacia la pascua.
Y caminar significa que estemos primero de pie, que nos movamos y que dejemos muchas cosas que nos están atando, atajando u bloqueando y nos lancemos, nos lancemos hacia el encuentro con el Señor. Ese Señor al que hay que escucharlo siempre: “Este es míi hijo amado escúchenlo”. Si queremos que nuestra marcha sea pascua, y no sea un desfile de modo o una repetición de ciertas acciones que realizamos con motivo de algunas fechas. Esta marcha tiene que llevarnos a encontrarnos mucho más con el Señor y a vivir mejor su palabra, esa palabra que sale de la boca de Dios y que quiere transmitirnos vida y esperanza.
Tenemos que dejar muchas cosas, dejar de lado el espíritu belicoso que se convierte en guerra como el que estamos viviendo ahora allí en Libia. Dejar las cadenas de la droga, que se ha metido en tantos espacios y personas. Dejar las broncas, los odios y los rencores, son cosas a los que nos invitan todos, pero que difícil es dar el primer paso. Parecería que todos esperamos que los demás den los pasos y nosotros nos quedamos atrincherados en nuestras propias posiciones. La pascua es un caminar, no es un arrastrar el pasado para llevarlo a todas partes y repetirlo de manera nueva, es abandonar aquello que realmente no nos permite acercarnos ni a Dios ni a nuestro prójimo y comenzar a vivir todas las incidencias de una pascua que es libertad, de una pascua que es justicia, de una pascua que es amor y fraternidad.
El Señor le dijo a Abraham: “Deja tu tierra natal, deja la casa de tus padres y ve al país que yo te mostraré, yo haré de ti una gran nación, te bendeciré y tu serás una bendición”. Aquí está la invitación de Dios para a Abraham, que es una invitación que sirve también para nosotros en pleno siglo XXI donde las cosas nos interesan demasiado y donde trabajamos por tener más cosas y menos vida, y nos cuesta así arrancar y seguimos repitiendo y seguimos en la rutina, y seguimos haciendo cosas bonitas pero sin que cambie eso nada de nuestro corazón.
“Deja tu tierra natal, deja la casa de tus padres y ve al país que yo te mostraré y tu serás padre de muchas naciones”, no es una salida para perfeccionarse él personalmente, es una salida, un abandono de todo para convertirse en el padre de muchísimas naciones. “Y tú mismo serás una bendición”. Que hermosa palabra, que hoy llega a resonar y viene a animarnos también a escucharla; que Dios nos diga deja todo y vas a ser una bendición quiere decir que la presencia de Dios siempre te va a llevar a adelante. Una bendición es eso, un recibir la palabra del Señor y animarnos a caminar siempre, siempre adelante sin poner la mano en el arado mirando hacia atrás. “Serás una bendición”, Abraham partió como el Señor se lo había ordenado. Ya desde entonces la verdadera obediencia a nuestro Dios es ponerse en marcha, no hay otra forma nos dice el Santo Padre de recuperar la fuerza de nuestro bautismo y de nuestros compromisos bautismales, sino somos capaces de partir, partir hacia el país que Él nos está señalando.
Abraham, nosotros tenemos también que hacer ese esfuerzo, eso significa quizás compartir muchos dolores y muchos sufrimientos que es necesario padecer dice Pablo por el Evangelio, animado con la fuerza de Dios. Cuesta caminar hacia Dios, cuesta caminar hacia el prójimo, pero estamos animados por la fuerza de Dios y tenemos que estar dispuestos a compartir los sufrimientos que significa anunciar el Evangelio. No siempre se escucha, no siempre se acepta, no siempre se oye esa palabra, al contrario muchos la toman a mal, muchos la interpretan mal, muchos la hacen como un caparazón para envolver sus individualismos u otros lo toman como ofensas a sus proyectos meramente pasajeros.
Por causa del Evangelio habrá sufrimiento y cruz. Pero tenemos la fuerza de Dios, Abraham marcho, Pablo nos amina hay que ir adelante, no importa los sufrimientos los dolores y las incomprensiones, la fuerza de Dios nos acompaña nos sostiene y nos anima. En esta misma perspectiva entra le mensaje del Evangelio de Hoy mis hermanos. Evangelio muy conocido, la transfiguración del Señor, pero que acontece en este hecho extraordinario: Primeramente Jesús después es de haberles dicho que iban a Jerusalén para sufrir, y que allí el Hijo del hombre iba a ser apresado, iba a ser muerto, los discípulos estaban un poco espantado.
Y Dicen ¿porque?, ¿porque ir a Jerusalén? Que tiene que ver todo esto. Y Jesús tiene que tomar a tres esos discípulos a Pedro, Santiago y a Juan su hermano. Y los lleva a una montaña, allí se cambia y se transfigura, allí se aparece realmente con toda esa fuerza de la divinidad que es capaz de convertirse en luz, y de cambiar absolutamente toda la manera de ser mortal. Allí esta Jesús transformado, sus vestiduras se volvieron blancas, como la luz, nosotros podemos quedarnos a lo mejor distraídos y admirados, que cosa más bella habrá sido aquello. Que de repente el Señor se ve envuelto en la Luz, en una luz que transforma sus vestiduras y su manera de mirar, sin embargo no es lo externo, es lo que viene de dentro de Él, es Dios Padre que permite que su Hijo brille para ser la nueva luz que va a iluminar el Pueblo, que permite que atreves de sus vestiduras y de su cuerpo, aparezcan aquella blancura que es propia de los Hijos de Dios. La blancura de la pascua de la resurrección, de la nueva vida, del nuevo comportamiento al que estamos llamados absolutamente todos.
Y esto claro es bonito, por eso es que Pedro se animó a decir: hagamos tres carpas, levantemos tres carpas, una para ti, una para Elías y otra para Moisés. Porque en medio de esa luz y de esa transformación habían aparecido también Moisés y Elías para dialogar y conversar con Jesús. Pero de que han hablado, este Evangelio no lo dice, pero el Evangelio de Lucas lo va a clarificar: Hablaron de su muerte, han hablado sin duda de que el camino de la cruz es el espacio para la pascua, por eso es que apareció esa pascua en diminuto, por breves minutos para convencer a los discípulos de que la salvación que nos ofrece el Señor nos es una salvación demagógica que se hace de palabras y promesas que nunca se cumplen, sino que es una manera de actuar y de aceptar el plan de Dios.
Mientras hablaba Pedro, o mientras hablaban Elías y Moisés, seguramente los discípulos admiraban en Moisés la fuerza de la Ley y en Elías la presencia siempre liberadora de los Profetas. Pero Jesús no quiere ser confundido, Él ha venido a dar plenitud a la Ley y Él ha venido a pronunciar la palabra definitiva, esa que salva a toda la humanidad. Él es el Hijo de Dios, Él está hablando como Hijo de Dios, no como alguien que tiene una nueva ley para imponer, ni alguien que tiene alguna una nueva palabra para sofisticar a la gente. Él es el hijo de Dios, y viene una nube una nube que los cubre, que los envuelve, y se oye la voz, esa voz que va clarificar quien es ese Maestro al que los discípulos no aceptan del todo, que va a suceder con Él, que está bien que pase la pasión, el dolor, el sufrimiento y la muerte, pero que va a ser envuelto en una nueva Luz, la Luz de la vida y de la resurrección.
Y se oye esa voz entre las nubes: “Este es mi Hijo querido en quien tengo puesta mi predilección”. Este es mi Hijo querido, este está hablando con Moisés y Elías, pero no es una repetición de Moisés ni de Elías. Es el Hijo de Dios que ha venido para hablarnos, para llevarnos para formar con nosotros un solo pueblo, el Pueblo que camine cantando las alabanzas del Señor. Cuando oyeron estas Palabras este es mi Hijo Amado escúchenlo, los discípulos cayeron de bruces, en tierra, comprendieron que allí había la presencia de Dios; no es el miedo del cobarde que se asusta y se escapa o se esconde en la tierra, es el miedo de aquel que siente que la presencia de Dios los está presionando para captar y comprender las cosas de Dios y no quedarse con las apariencias meramente humanas.
Jesús tuvo que acercarse a ellos, despertarlos, tocarlos y animarlos, “Levántense no tengan miedo”, que palabras más hermosas y que palabras más necesarias hoy en día, muchas veces estamos abatidos con cierto temor de un Dios que siempre castiga y nos olvidamos que es un Dios de amor, de misericordia, de perdón y de reconciliación. Él también nos dice a nosotros hoy levántense no tengan miedo, la fe que hemos recibido del bautizo hay que practicarla, nuestra dignidad de cristiano hay que decirla con toda claridad, no podemos quedarnos besando la tierra, es importante que levantemos los ojos, que levantemos la vista y sobre todo que abramos los oídos, para que esta palabra que el Señor nos dice hoy: “No tengan miedo” la escuchemos siempre y podamos hacerla cada vez más fuerte si es que escuchamos al Hijo de Dios, “Escúchenlo” nos ordena el Dios de la vida.
Se levantan, no ven a nadie y cuando comienzan a descender de la montaña, Jesús les ordena que no hablen de esto con nadie, les da una prohibición, no cuenten esto extraordinario que han vivido, no lo cuenten hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Mis hermanos lo que aconteció en el monte de la transfiguración, no es que Jesús haya tomado una luz así no más, es la Luz de su vida que se volcó para iluminar los rostro de los demás, es la fuerza de esa Luz blanca, que es capaz de purificar todos los corazones manchados, es la presencia del resucitado que por unos momentos tiene que animar a los discípulos, y tiene que hacer comprender que no hay porque escandalizarse cuando lo van a maltratar, insultar y cuando van a crucificar al Maestro. No hay porque asustarse y huir, hay que guardar todo esto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.
Queridos hermanos y hermanas, la marcha y el camino por Emaús, son marcha y camino que nos conducen hacia la pascua, pero tiene sus exigencias, hay que dejar lo que nos ata, no hay que llevar todo en el hombro, todos los males que hemos hecho. Hay que permitir que el Señor los destruya para que así nos sintamos hombres y mujeres de la pascua, testigos de la vida y dela resurrección para bien de nuestro pueblo y de todos los pueblos de la tierra. Amen.

El TIPNIS se ha convertido en un problema entre el gobierno y las organizaciones indígenas. Por lo tanto.