
“Cuando vas a poner tu ofrenda en el altar y te acuerdas ahí mismo de que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano”. ¿Hacemos esto? Lo que Jesús pide no se consigue con la simple observancia de leyes y ritos, sino con la buena relación con los demás. Para Jesús las personas, sus necesidades y esperanzas, como la paz, la acogida, la solidaridad con los demás, tienen prioridad, sobre todo acto de culto. No se trata de vengarse, sino de perdonar, no es cuestión de no odiar, sino de amar; cuando venimos a la misa, como hoy, y muchos vamos a comulgar ¿hemos perdonado realmente a los que nos han hecho daño? Hemos pedido perdón a quienes hemos ofendido nosotros? ¿Nos hemos liberado de los resentimientos, muchas veces absurdos contra los demás, contra los que piensan de otra manera, los que viven en otra parte del país, cómo los llamamos… Terminan no haciendo daño al otro, sino al que lleva este resentimiento en su corazón.
Mons. Estanislao “No hemos venido a abolir la ley, sino a darle pleno cumplimiento.
Santa Cruz, 13 de febrero del 2011.- Mons Estanislao Dowlasewicz, expresó solidaridad por todas aquellas familias que en estos días se han visto perjudicadas por las lluvias en diferentes regiones del país y pidió a parroquias y movimientos pastorales activar gestos de solidaridad para colaborar a las personas damnificadas.
Recordó que la primacía del amor a la persona debe estar sobre toda ley, descubrir un nuevo horizonte, una dimensión más profunda con verdades esenciales y una vida digna es la llamada que Jesús hizo en el sermón a la montaña a la personas de su tiempo y lo hace ahora a nosotros.
Homilía completa.
No he venido a abolir la ley, sino a darle pleno cumplimiento…
Queridos hermanos y hermanas: Bienvenidos todos quienes están en esta Catedral y al mismo tiempo reciban los saludos del Señor Cardenal que en estos días se ha ausentado para participar en Bogotá en las reuniones, una del Departamento de Justicia y solidaridad que él preside y luego, se reúnen los presidentes de las conferencias episcopales de América Latina. Recibimos con gozo su saludo y al mismo tiempo a él desde donde cada domingo preside la eucaristía, aprovechando los medios de comunicación mandamos un saludo a quienes siguen esta celebración a través de la televisión y radio. De una manera especial expresamos nuestra solidaridad y cercanía a nuestros hermanos damnificados, en el campo, los que sufren por las lluvias, las personas que han perdido cosas materiales que son útiles para su existencia. Aprovechando este lugar pido a las parroquias, a nuestros movimientos, que estos días hagan gestos de solidaridad con nuestros hermanos necesitados. También durante esta eucaristía participa un numeroso grupo de catequistas de nuestra Arquidiócesis. Son los catequistas que vinieron del norte, de los valles y participaron ayer viendo el plan pastoral y la programación para hacer más viva la misión de los jóvenes, personas mayores, voluntariamente con buena voluntad ofrecen a la Iglesia preparando a los niños, jóvenes y otras personas para recibir los sacramentos.
Jesús nos llama y nos invita a ser felices
Muchas veces escuchamos esa expresión, que acudía a él mucha gente y de todas partes; esa expresión se refiere a Jesús; nosotros, igual como aquella gente hemos venido a encontrarnos con este Jesús que se nos manifiesta como liberador del mal. Aprovechamos el tiempo y dejamos para que el Maestro de la montaña penetre más en nuestras vidas. En el evangelio de hoy continuamos reflexionando sobre el sermón de la montaña que hemos empezado a reflexionar hace dos domingos atrás con el discurso de las bienaventuranzas en que Jesús propone el camino de felicidad, el camino de felicidad de una manera diferente, con otra manera de pensar y desear, no como nosotros a veces esperamos y deseamos. Según Cristo, para triunfar en la vida hay que pasar por las derrotas; El dijo “los pobres, los que lloran, los que son perseguidos, e indica a los más cercanos, los suyos, si aceptan este camino de felicidad serán la sal y luz del mundo, palabras que Jesús pronuncia nos chocan fuertemente porque nuestra manera de pensar, nuestra manera de crear los esquemas, nuestros compromisos, nuestras seguridades no coincide con lo que propone Jesús. El Sermón de la montaña se predicó en los primeros meses de su vida pública. En este sermón Jesús señala las pautas de lo que sería su enseñanza. “yo para eso he venido, para que ustedes tengan vida y la tengan en abundancia”. El centro de esa prédica es el amor y Jesús destaca, subraya la primacía del amor en la vida de cada uno y también lo que escuchamos en el evangelio la primacía del amor sobre la ley. Jesús vuelve un nuevo horizonte a la vida, una dimensión más profunda, una verdad más esencial; su vida es una llamada a vivir la existencia desde la raíz que es Dios que sólo quiere una vida digna para sus hijos y el contacto con El invita a desprenderse de las oscuras rutinarias, nos libera del miedo, egoísmos, todo eso lo que paraliza muchas veces nuestra vida.
Ustedes han oído que se dijo… pero Yo les digo
En tiempos de Jesús donde hubieron muchas leyes, tradiciones; cualquier persona podía ser legalmente acusada y condenada; esas leyes se convirtieron en motivo de inquietud, hasta podemos decir, de tortura moral, y muchas veces, eso perjudicaba a tener una imagen real y verdadera de Dios; esas leyes desfiguraban el rostro de Dios que es el amor, por eso Jesús claramente dice que no ha venido a abolir, a cambiar la ley, sino a perfeccionarla; con insistencia dice: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos, pero a partir de este momento yo les digo”… Jesús no se presenta como un nuevo legislador, el que va presentar las leyes más perfectas, lo que hace Jesús es proclamar una nueva forma de actuar, esa nueva forma de actuar que se basa en el evangelio, que se basa en las bienaventuranzas, se trata de actuar según el mensaje del evangelio; Cristo propone vivir la ley de modo distinto desde su espíritu y no desde la letra; un espíritu que tiene como base el amor.
El contenido de este discurso de Jesús en la montaña impresionó a la gente que lo escuchó, especialmente los más cercanos, como dice San Mateo al final del sermón de la montaña, lo que más impresionó fue su modo de enseñar, porque hablaba con autoridad y no como los maestros de la ley que tenían ellos
Han oído que se dijo No matarás, pero yo les digo…
Veamos algunas de las enseñanzas que el Señor nos presenta en su nueva ley, cuando señala que si no son mejores que los letrados y fariseos no entrarán en el reino de los cielos. La difícil misión de Jesús fue denunciar la hipocresía y legalismo, y quitar el velo que impedía conocer a Dios y al prójimo; Jesús denunció la esclavitud a la letra, esa letra de la ley y al mismo tiempo proclamó la libertad del espíritu. Sigue existiendo leyes y normas que en lugar de ayudar como personas y como cristianos, terminan asfixiando alejando a las personas de sí mismo, de los demás y de Dios. Hoy como antes, Jesús nos despierta para que tengamos en cuenta que lo que importa es la persona y que toda ley debe estar al servicio de ella y al servicio del evangelio. Si oculta o desvirtúa su espíritu esta ley debe ser cambiada o abolida. Siempre ha sido y sigue siendo peligroso confundir el evangelio y la ley. Hemos escuchado: NO MATARAS! , pero YO LES DIGO, TODO EL QUE ESTÉ PELEADO CON SU HERMANO, SERÁ PROCESADO! Jesús nos habla de potenciar la vida a la que se opone la injusticia, la pobreza, la opresión; la pobreza es un atentado contra la vida. Los documentos de la Iglesia dicen con claridad: “Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas, lo matas”; también, el insulto, las ofensas, las injusticias, la persecución, la descalificación, la falta de respeto, el desprecio, también van matando poco a poco a las personas. Para no matar, hay que amar.
No cometerás actos impuros, no cometerás adulterio, pero yo les digo: “en su corazón ya han cometido… Así se empieza. Nosotros los buenos católicos debemos con más sinceridad decir cómo es nuestra mirada, que no somos tan limpios, los que miramos y los que se ponen delante de nosotros. Cómo es nuestra lengua? Nuestra mirada: también la lengua y la mirada pueden ofender, siempre tratamos de justificar, que sí, que no, que se puede, yo tengo derecho, soy libre. Tenemos un montón de explicaciones.
En vez de ofensa y venganza, busquemos la reconciliación
“Cuando vas a poner tu ofrenda en el altar y te acuerdas ahí mismo de que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano”. ¿Hacemos esto? Lo que Jesús pide no se consigue con la simple observancia de leyes y ritos, sino con la buena relación con los demás. Para Jesús las personas, sus necesidades y esperanzas, como la paz, la acogida, la solidaridad con los demás, tienen prioridad, sobre todo acto de culto. No se trata de vengarse, sino de perdonar, no es cuestión de no odiar, sino de amar; cuando venimos a la misa, como hoy, y muchos vamos a comulgar ¿hemos perdonado realmente a los que nos han hecho daño? Hemos pedido perdón a quienes hemos ofendido nosotros? ¿Nos hemos liberado de los resentimientos, muchas veces absurdos contra los demás, contra los que piensan de otra manera, los que viven en otra parte del país, cómo los llamamos… Terminan no haciendo daño al otro, sino al que lleva este resentimiento en su corazón.
No juren en falso:
El criterio para los cristianos no es lo que dicen o hacen los demás, sino que es costumbre social, hay que ver lo que hace Jesús invitándonos a la verdad, invitándonos a la transparencia, invitándonos a la seriedad en nuestro trato con nosotros mismos y con los demás. Y nos dice Jesús que la cuestión es decir la verdad, sin necesidad de jurar, hay que decir simplemente sí, cuando es sí y no cuando es no. Si así vamos a actuar, nunca vamos a llegar a tener, entre comillas, la necesidad de jurar.
Para comprender y vivir esa nueva ley que Jesús nos trae es necesario que el cristiano católico esté abierto y se deje penetrar por la sabiduría del Señor.
San Pablo sigue insistiendo en esto a lo largo de la primera carta a los cristianos de corinto, él insiste que para que actuemos bien tenemos que actuar en la base de la sabiduría vivida, sabiduría de Dios, esa sabiduría que es misteriosa y escondida, esa sabiduría que fue prevista por Dios para conducir a todos a la gloria, para disfrutar después de lo que Dios tiene preparado para los que lo aman.
¿Quiénes son los que cumplen los preceptos, cumplen su voluntad?
Son los que eligen amar en lugar de odiar, los que eligen crear en lugar de destruir, los que eligen alabar en lugar de criticar, los que eligen curar en lugar de herir, los que eligen actuar en lugar de aplazar, los que eligen crecer en lugar de conservar, los que eligen compartir en lugar de almacenar, los que eligen sembrar en lugar de cosechar, los que eligen vivir en lugar de morir y matar.
Hemos cantado en el salmo: Dichosos, felices los que cumplen la voluntad del Señor, dichosos porque podrán llegar al sitio que Dios nos tiene preparado, en vez de pensar que los preceptos del Señor son imposibles o demasiado difíciles, debemos orar como lo hicimos en el salmo: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado; enséñame, Señor, a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón. Amén

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