
En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que el alma de Jesús siempre está en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, este alma humana abraza hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido baja a las profundidades, hasta los perdidos, hasta todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Este descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos. Dicen los Padres de la Iglesia, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo hombre, tomando de la mano al hombre, abre el acceso.
Ciudad del Vaticano, 22 abril de 2011 (zenit).- Publicamos las respuestas que ofreció Benedicto XVI a siete preguntas formuladas por personas de distintos países y sobre distintos argumentos al programa de la televisión pública italiana RAI "A su imagen", emitido a las 14:10 de Roma con motivo del Viernes Santo.
* * *
--Santo
Padre, quiero agradecerle su presencia que nos llena de alegría y nos ayuda a
recordar que hoy es el día en que Jesús demuestra su amor de la manera más
radical, muriendo en la cruz como inocente. Precisamente sobre el tema del
dolor inocente es la primera pregunta que viene de una niña japonesa de siete
años, que le dice: "me llamo Elena, soy japonesa y tengo siete años. Tengo
mucho miedo porque la casa en la que me sentía segura ha temblado mucho, y porque
muchos niños de mi edad han muerto. No puedo ir a jugar al parque. Quiero
preguntarle: ¿por qué tengo que pasar tanto miedo? ¿por qué los niños tienen
que sufrir tanta tristeza? Le pido al Papa, que habla con Dios, que me lo
explique".
--Benedicto XVI: Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me
pregunto: ¿por qué es así? ¿Por qué tenéis que sufrir tanto, mientras otros
viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido
como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a
vuestro lado. Esto me parece muy importante, aunque no tengamos respuestas,
aunque permanezca la tristeza: Dios está a vuestro lado, y tenéis que estar
seguros de que esto os ayudará. Y un día podremos comprender por qué ha sucedido
esto. En este momento me parece importante que sepáis que "Dios me
ama", aunque parezca que no me conoce. No, me ama, está a mi lado, y
tenéis que estar seguros de que en el mundo, en el universo, hay muchas
personas que están a vuestro lado, que piensan en vosotros, que hacen todo lo
que pueden por vosotros, para ayudaros. Y ser conscientes de que, un día, yo
comprenderé que este sufrimiento no era algo vacío, no era inútil, sino que
detrás del sufrimiento hay un proyecto bueno, un proyecto de amor. No es una
casualidad. Siéntete segura. Estamos a tu lado, al lado de todos los niños
japoneses que sufren, queremos ayudaros con la oración, con nuestros actos, y
debéis estar seguros de que Dios os ayuda. Y de este modo rezamos juntos para
que os llegue la luz cuanto antes.
--La segunda pregunta nos pone delante de un calvario, porque se trata de
una madre que está junto a la cruz de un hijo. Es italiana, se llama María
Teresa y le pregunta: "Santidad, el alma de mi hijo, Francesco, en estado
vegetativo desde el día de Pascua del 2009, ¿ha abandonado su cuerpo, dado que
está totalmente inconsciente, o está todavía en él?
--Benedicto XVI: Ciertamente el alma está todavía presente en el cuerpo. La
situación es algo así como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que
no se puede tocar. Así también el instrumento del cuerpo es frágil, vulnerable,
y el alma no puede "tocar", por decirlo en algún modo, pero sigue
presente. Estoy también seguro de que este alma escondida siente en profundidad
vuestro amor, a pesar de que no comprende los detalles, las palabras, etc.,
pero siente la presencia del amor. Y por esto vuestra presencia, queridos
padres, querida mamá, junto a él, horas y horas cada día, es un verdadero acto
de amor muy valioso, porque esta presencia entra en la profundidad de esta alma
escondida y vuestro acto es un testimonio de fe en Dios, de fe en el hombre, de
fe, digamos de compromiso a favor de la vida, de respeto por la vida humana,
incluso en las situaciones más trágicas. Por esto os animo a proseguir,
sabiendo que hacéis un gran servicio a la humanidad con este signo de
confianza, con este signo de respeto de la vida, con este amor por un cuerpo
lacerado, un alma que sufre.
--La tercera pregunta nos lleva a Irak, entre los jóvenes de Bagdad,
cristianos perseguidos que le envían esta pregunta: "Saludamos al Santo
padre desde Irak --dicen--. Nosotros, cristianos de Bagdad, somos perseguidos
como Jesús. Santo Padre, ¿cómo podemos ayudar a los miembros de nuestra
comunidad cristiana para que se replanteen el deseo de emigrar a otros países,
convenciéndoles de que marcharse no es la única solución?
--Benedicto XVI: Quisiera en primer lugar saludar con todo el corazón a todos
los cristianos de Irak, nuestros hermanos, y tengo que decir que rezo cada día
por los cristianos de Irak. Son nuestros hermanos que sufren, como también en
otras tierras del mundo, y por esto los siento especialmente cercanos a mi
corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que hacer todo lo
posible para que puedan resistir a la tentación de emigrar, que --en las
condiciones en las que viven-- resulta muy comprensible. Diría que es
importante que estemos cerca de vosotros, queridos hermanos de Irak, que
queramos ayudaros y cuando vengáis, recibiros realmente como hermanos. Y
naturalmente, las instituciones, todos los que tienen una posibilidad de hacer
algo por Irak, deben hacerlo. La Santa Sede está en permanente contacto con las
distintas comunidades, no sólo con las comunidades católicas, sino también con
las demás comunidades cristianas, con los hermanos musulmanes, sean chiíes o
sunníes. Y queremos hacer un trabajo de reconciliación, de comprensión, también
con el gobierno, ayudarle en este difícil camino de recomponer una sociedad
desgarrada. Porque este es el problema, que la sociedad está profundamente
dividida, lacerada, ya no tienen esta conciencia: "Nosotros somos en la
diversidad, un pueblo con una historia común, en el que cada uno tiene su
sitio". Y tienen que reconstruir esta conciencia que, en la diversidad,
tienen una historia común, una común determinación. Y nosotros queremos, en
diálogo precisamente con los distintos grupos, ayudar al proceso de
reconstrucción y animaros a vosotros, queridos hermanos cristianos de Irak, a
tener confianza, a tener paciencia, a tener confianza en Dios, a colaborar en
este difícil proceso. Tened la seguridad de nuestra oración.
--La siguiente pregunta es de una mujer musulmana de Costa de Marfil, un
país en guerra desde hace años. Esta señora se llama Bintú y envía un saludo en
árabe que se puede traducir de este modo: "Que Dios esté en medio de todas
las palabras que nos diremos y que Dios esté contigo". Es una frase que
utilizan al empezar un diálogo. Y después prosigue en francés: "Querido
Santo Padre, aquí en Costa de Marfil, hemos vivido siempre en armonía entre
cristianos y musulmanes. A menudo las familias están formadas por miembros de
ambas religiones; existe también una diversidad de etnias, pero nunca hemos
tenido problemas. Ahora todo ha cambiado: la crisis que vivimos, causada por la
política, esta sembrando divisiones. ¡Cuántos inocentes han perdido la vida!
¡Cuántos refugiados, cuántas madres y cuántos niños traumatizados! Los
mensajeros han exhortado a la paz, los profetas han exhortado a la paz. Jesús es
un hombre de paz. Usted, en cuanto embajador de Jesús, ¿qué aconsejaría a
nuestro país?"
--Benedicto XVI: Quiero contestar al saludo: que Dios esté también contigo,
y siempre te ayude. Y tengo que decir que he recibido cartas desgarradoras de
Costa de Marfil, donde veo toda la tristeza, la profundidad del sufrimiento, y
me entristece porque podemos hacer tan poco. Siempre podemos hacer algo: orar
con vosotros, y en la medida de lo posible, hacer obras de caridad, y sobre
todo queremos colaborar, según nuestras posibilidades, en los contactos
políticos, humanos. He encargado al cardenal Tuckson, que es presidente de
nuestro Consejo de Justicia y Paz, que vaya a Costa de Marfil e intente mediar,
hablar con los diversos grupos, con las distintas personas, para facilitar un
nuevo comienzo. Y sobre todo queremos hacer oír la voz de Jesús, en el que
usted también cree como profeta. Él era siempre el hombre de la paz. Se podía
pensar que, cuando Dios vino a la tierra, lo haría como un hombre de gran
fuerza, que destruiría las potencias adversarias, que sería un hombre de una
fuerte violencia como instrumento de paz. Nada de esto: vino débil, vino solo
con la fuerza del amor, sin ningún tipo de violencia hasta ir a la cruz. Y esto
nos muestra el verdadero rostro de Dios, y que la violencia no viene nunca de
Dios, nunca ayuda a producir cosas buenas, sino que es un medio destructivo y
no es el camino para salir de las dificultades. Es una fuerte voz contra todo
tipo de violencia. Invito apremiantemente a todas las partes a renunciar a la
violencia, a buscar las vías de la paz. Para la recomposición de vuestro pueblo
no podéis usar medios violentos, aunque penséis que tenéis razón. El único
camino es la renuncia a la violencia, volver a entablar el diálogo, tratar de encontrar
juntos la paz, una nueva atención de los unos a los otros, la nueva
disponibilidad para abrirse el uno al otro. Y este, querida señora, es el
verdadero mensaje de Jesús: buscad la paz con los medios de la paz y abandonad
la violencia. Rezamos por vosotros para que todos los componentes de vuestra
sociedad sientan esta voz de Jesús y así vuelva la paz y la comunión.
--Santo Padre, la próxima pregunta es sobre el tema de la muerte y la
resurrección de Jesús y llega desde Italia. Se la leo: "Santidad: ¿Qué
hizo Jesús en el tiempo que separó a la muerte de la resurrección? Y, ya que en
el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos:
¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la
muerte, antes de ascender al Cielo?
--Benedicto XVI: En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe
imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un
viaje del alma. Hay que tener en cuenta que el alma de Jesús siempre está en
contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, este alma humana abraza hasta los
últimos confines del ser humano. En este sentido baja a las profundidades,
hasta los perdidos, hasta todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus
vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Este descenso del Señor a
los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que
la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta,
sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los
tiempos. Dicen los Padres de la Iglesia, con una imagen muy hermosa, que Jesús
toma de la mano a Adán y Eva, es decir a la humanidad, y la encamina hacia
adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por
sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo hombre,
tomando de la mano al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que
llamamos cielo. Así, este descenso a los infiernos, es decir, a las
profundidades del ser humano, a las profundidades del pasado de la humanidad,
es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se
aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos
presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta
mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor
medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además
nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir
en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.
--También la siguiente pregunta es sobre el tema de la resurrección y viene
de Italia: "Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo
después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro.
Lo mismo les pasa a los apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas,
partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un
cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que
su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué
significa? ¿Y qué significa, exactamente, "cuerpo glorioso? Y en nuestra
resurrección, ¿nos sucederá lo mismo?".
--Benedicto XVI: Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porque
está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los
signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia donde apunta
esta realidad. El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó
su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está
destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido.
Jesús asumió también la materia, de manera que la materia está también
destinada a la eternidad. Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida,
este es el segundo punto: Jesús ya no vuelve a morir, es decir: está más allá
de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren.
Por lo tanto hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se
revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de
que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y,
estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen,
puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo está más
allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y
sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida
real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra
gran promesa. Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el
ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso,
no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo
que es Él , entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser
persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos
dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia. Es un punto
importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo
tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo
hacia una nueva dimensión de vida. Pienso que este aspecto de la promesa, de la
realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, es la
cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender
sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la
Eucaristía.
--Santo Padre, la última pregunta es sobre María. A los pies de la cruz, hay
un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a
María: "He aquí a tu hijo" y a Juan : "He aquí a tu madre".
En su último libro, "Jesús de Nazaret", lo define como "una
disposición final de Jesús". ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué
significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya
que estamos hablando de confianza. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen
en el inicio de este nuevo milenio?
--Benedicto XVI: Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano.
Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero
hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan para que esté
tranquila. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una
situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre.
Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano.
Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos
aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto
este gesto tiene varias dimensiones, no atañe sólo a ese momento: concierne a
toda la historia. En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia, a
todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha
cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido
cada vez más que la madre de Jesús es su madre. Y cada vez más personas se han confiado
a su madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María,
donde cada vez más la gente siente: "Esta es la madre." E incluso
algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza de Hijo
de Dios, se encomiendan a su madre sin dificultad. Algunos dicen: "Pero
eso no tiene fundamento bíblico". Aquí me gustaría responder con San
Gregorio Magno: "En la medida que se leen -dice--, crecen las palabras de
la Escritura." Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen , y cada
vez más en la historia se difunde esta Palabra. Todos podemos estar agradecidos
porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos
dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su
Madre. Por otro lado la madre es también expresión de la Iglesia. No podemos
ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La madre
es imagen de la Iglesia, de la madre Iglesia y confiándonos a María, también
tenemos que encomendarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con
María.
Toco ahora al tema de la consagración: los papas --Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II-- hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que , como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora es importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting ..., siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro. Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla verdaderamente nuestra. Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían encomendado, encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo. De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero sí quisiera invitar a todos a unirse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es madre, esposa e hija de Jesús.
[©Libreria Editrice Vaticana]

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