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La vida después de la muerte.

P. Gregorio Iriarte o.m.i.

“El Señor vendrá con gloria a juzgar a vivos y  a muertos”.  En el catecismo aprendimos esa frase  que  ha contribuido a que nos formemos una idea  falsa  y temerosa del “juicio final”  como si fuera  un tribunal severo  e implacable.

    Esto nos ha  llevado a creer  que son muchas las personas  reprobadas y condenadas  por ese tribunal divino. El miedo a que también  nosotros, después de la muerte, seamos   juzgamos en forma muy severa  nos lleva a  plantearnos graves interrogantes sobre  nuestra propia  salvación.  

     Predomina  en el pueblo  cristiano la idea de que ese  juicio univeral será muy riguroso  y que su sentencia final inapelable.

    Ahí tenemos  las  grandes  obras artísticas que han expresado esos temores, como el  “Juicio Final” de Miguel Ángel  en la Capilla  Sixtina: Cristo con actitudes de  Juez severo castigando  todos los pecados, o la “Divina Comedia” o tantas otras obras literarias  y  sermones que nos dicen  justamente eso: el juicio de Dios sobre el comportamiento de cada uno de nosotros será exhaustivo, universal  y severo.

     ¿Es verdad todo eso???  ¡No!!!  y para fundamentar  nuestra opinión recurrimos a los  Evangelios y a las palabras y a las actitudes, siempre rebosantes de  perdón y misericordia,  del propio Jesús.

    En la conversación de  Jesús con  Nicodemo, Jesús le dice :“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga la Vida Eterna.  Dios no mandó a su Hijo a este mundo para condenar al mundo sino para salvarlo”.  (Jn. 3 ,16-19)

  En el Cántico de  Zacarías se afirma proféticamente: “Y tú, niño, irás delante del Señor preparando sus caminos para hacer conocer a su pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados, gracias a la entrañable misericordia de nuestro Dios”. ( Luc. 1, 76-79)

    En efecto, Cristo no vino, para  condenar al mundo, sino para salvarlo.  Su venida no es para juzgar y condenar sino  para abrirnos las puertas y con  Él, vencedor de la muerte  y del  pecado, entrar  en su gloria.

     Muchas veces, en forma equivocada, se ha entendido el “juicio final” como un acto solemne e imponente en el que  Jesús, Juez Supremo, emite su veredicto de culpabilidad o  inocencia  sobre la conducta de  todas y cada una de las personas.

     Esta  manera de entender  el “juicio final” responde a nuestra propia  mentalidad humana, alejada de la Palabra de Dios. Asimilamos el “juicio de Dios” a los  juicios de nuestros tribunales  de justicia en los que  es castigada, proporcionalmente, toda acción que  quebrante alguna ley.

     Pero el “juicio de Dios” sobre nuestra conducta no es así. En  realidad, el juicio de Dios siempre es perdón, como el juicio de una verdadera  madre con  su hijo siempre termina en perdón. Es la lógica del amor y, sobre todo, es la lógica de un Dios cuyo amor es  infinito. En  realidad, el acto judicial de Dios es un acto salvífico total.

      El contenido  del “juiciofinal” no es otro que  el de nuestra postura y nuestra relación con Dios ycon nuestros hermanos.  Como dice  San  Juan de la Cruz:  “En el atardecer  de nuestra vida  seremos juzgados por el amor”.

     Lo vemos  esto claramente en el  conocido pasaje de Mateo  25, 31-46.

El designio de Dios es que  nuestro mundo sea un mundo de verdaderos hermanos/as.  El “juicio” de Dios está condicionado  a nuestra  relación con el prójimo, sobre  todo, con los más pobres y despreciados.  En realidad, somos nosotros mismos quienes nos constituimos en jueces de  nuestros propios actos.

   “Porque es eterna su misericordia,” es la frase más repetida en la Biblia. El término  “eterna”  no  quiere expresar  solo  perpetuidad, sino también  el que esa misericordia es “inagotable” e “infinita” y que, por lo tanto, ningún pecado, por grande que sea,  la puede  menoscabar,  opacar o disminuir.

    Es evidente que la amenaza  del  juicio severo e inapelable de  Dios, con la que cual tantas veces  nos han amenazado  predicadores y catequistas, es totalmente ajena al mensaje de Dios, ya que está en contradicción con el Dios  del perdón  y la compasión, con el  Dios de las Parábolas de  la Misericordia.

    “Creo en la resurrección de los muertos,” en la resurrección de la carne. Es una afirmación de nuestra fe. Dios  quiere salvarnos en nuestra totalidad de seres humanos.

     Resucitamos todos  como miembros  de un mismo Cuerpo que es Cristo, solidariamente  salvados por  Él y con Él.  No es una venida para castigar o  para  condenar, sino para salvar, para abrirnos las puertas  y poder entrar en la gloria con Él.

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