HOMILÍA DEL PAPA ORDENA A 19 SACERDOTES EN EL DOMINGO DEL BUEN PASTOR


Vaticano 26.04.2015 La mañana de este domingo, IV domingo de Pascua, en la 52 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa Francisco presidió la Santa Misa con el rito de ordenación presbiteral en la Basílica de San Pedro. Con la imposición de manos, la unción del crisma y el abrazo de la paz, el Santo Padre ordenó 19 nuevos sacerdotes de la Diócesis de Roma.
Queridos hermanos y hermanas
Ahora que estos hijos han sido llamados al orden del presbiterado. Nos hará bien reflexionar un poco a qué ministerio acceden en la Iglesia.
Como ustedes saben el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, también en Él todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. ¡Todos nosotros! No obstante, el Señor Jesús quiso elegir entre sus discípulos a algunos en particular, para que, ejerciendo públicamente en la Iglesia en su nombre el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continuaran su misión personal de maestro, sacerdote y pastor.
Él mismo, enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de los Obispos, sus sucesores. Y los presbíteros son colaboradores de los Obispos, con quienes en unidad de sacerdocio, son llamados al servicio del Pueblo de Dios.
Ellos han reflexionado sobre esta vocación que tienen y que ahora vienen para recibir el orden de los presbíteros y el obispo arriesga – ¡arriesga! – y escoge a ellos, como el Padre ha arriesgado por cada uno de nosotros.
Ellos serán configurados con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y unirlos al sacerdocio de los Obispos, la Ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar al Pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor.
A ustedes, que van a ser ordenados presbíteros, les incumbe, en la parte que les corresponde, la función de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Transmitir a todos la palabra de Dios que han recibido con alegría. Recuerden a sus madres, a sus abuelas, a sus catequistas, que les han dado la Palabra de Dios, la fe… ¡el don de la fe! Les han trasmitido este don de la fe. Y al leer y meditar asiduamente la Ley del Señor, procuren creer lo que lean, enseñar lo que crean y practicar lo que enseñan.
Y que esto sea el alimento del Pueblo de Dios; que sus homilías no sean aburridas, que sus homilías lleguen al corazón de la gente porque salen de su corazón, porque lo que digan a ellos es lo que ustedes tienen en el corazón. Así se da la Palabra de Dios y así su doctrina será gozo y ayuda a los fieles de Cristo, el perfume de sus vidas será el testimonio, porque el ejemplo edifica, pero las palabras sin el ejemplo son palabras vacías, son ideas y no llegan jamás al corazón y es más hacen mal: ¡no hacen bien! Ustedes continuaran la obra santificadora de Cristo. Por medio de su ministerio alcanzará su plenitud el sacrificio espiritual de los fieles, que por sus manos, junto con ellos, será ofrecido sobre el altar, unido al sacrificio de Cristo, en celebración incruenta. Tengan presente lo que hacen e imiten lo que conmemoran, de tal manera que, al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, se esfuercen por hacer morir en ustedes el mal y procuren caminar con Él en una vida nueva.
Introducirán a los hombres en el Pueblo de Dios por el Bautismo. Perdonaran los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la Penitencia. Y hoy les pido en nombre de Cristo y de la Iglesia: Por favor, no se cansen de ser misericordiosos. A los enfermos les darán el alivio del óleo santo, y también a los ancianos: no sientan vergüenza de mostrar ternura con los ancianos. Al celebrar los ritos sagrados, al ofrecer durante el día la oración de alabanza y de súplica, serán voz del Pueblo de Dios y de toda la humanidad.
Conscientes de haber sido escogidos entre los hombres y puestos al servicio de ellos en las cosas de Dios, ejerzan con alegría perenne, llenos de verdadera caridad, el ministerio de Cristo Sacerdote, no buscando el propio interés, sino el de Jesucristo. Es malo un sacerdote que vive por complacer a si mismo… ¡como hacen los pavos!
Finalmente, al participar en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, permaneciendo unidos a sus Obispo, esfuércense por reunir a los fieles en una sola familia – sean ministros de la unidad en la Iglesia, en la familia – para conducirlos a Dios Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Y tengan siempre presente el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir: no para permanecer en la comodidad, sino para salir y buscar y salvar lo que estaba perdido.

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